Palabras clave: drogas

¿Por qué nos volvemos adictos?

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Lo que todos deberíamos saber sobre el tabaco

El tabaco es una de las pocas drogas legales en todo el mundo, junto con el alcohol. También es la más mortífera. Nada menos que 6 millones de personas mueren cada año por culpa del tabaco. 6 millones de muertes que podrían evitarse. A lo que deben sumarse otros muchos millones de personas enfermas, incapacitadas, vivas pero con las vidas destruidas por esta droga.

¿Cómo hemos llegado a esto? ¿De quién es la culpa? Está claro que la industria del tabaco es la principal responsable. Durante décadas engañó a la sociedad, hizo creer a sus consumidores que sus productos no eran perjudiciales para la salud, o incluso que eran beneficiosos. Ahora sabemos la verdad. Pero el poder de este sector sigue siendo enorme; en muchos países la industria del tabaco sigue incitando a la población a fumar, a convertirse en adicta a una droga que mata por dentro. Lentamente, casi sin que nos demos cuenta.

Sin embargo, parte de la culpa sigue siendo de la sociedad. De la presión de grupo que lleva a fumar a los jóvenes. De la aceptación social ante la adicción al tabaco. Y de los propios fumadores, que por desconocimiento o resignación siguen comprándolo y consumiéndolo.

Lo primero, pues, es reconocer el enorme peligro que entraña el tabaco. Hay muchos otros riesgos en la vida, sí, pero los datos hablan por sí solos: el tabaco mata. No es que pueda matar, es que lo hace, y de formas horriblemente dolorosas. El tabaco mata a más personas que el SIDA, la malaria y la tuberculosis juntos.

Y lo segundo es tener claro que se puede dejar de fumar. Es difícil, por supuesto, como lo es dejar cualquier adicción. Es especialmente difícil hacerlo solo. Por eso hay que saber pedir ayuda: con la supervisión de un profesional de la salud es mucho más probable dejarlo con éxito.

Sé que me estoy metiendo donde no me llaman. Yo no fumo y nunca he fumado. Sin embargo, sí conozco a mucha gente que lo hace, y he sido (y sigo siendo a veces) fumadora pasiva. Voy a ser directa: odio el tabaco. Pero lo que más odio es ver cómo personas a las que quiero, que quiero que vivan sanas y felices, ponen en peligro sus vidas (y las de los que estamos a su alrededor) por una maldita droga. Sé que la culpa en su mayor parte no es suya, pero también sé que sólo ellos, por su propia voluntad, pueden dejarlo. Yo sólo puedo intentar darles una razón.

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