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El poder del lenguaje: Del origen a la era digital

El lenguaje humano es una de las particularidades de nuestra especie que más quebraderos de cabeza sigue dando a la ciencia. Desentrañar su origen y trazar su evolución ha llevado a investigadores de diversas disciplinas a un arduo debate. Sin embargo, a pesar de que todavía no comprendemos del todo de dónde viene ni cómo funciona, somos capaces de utilizarlo a diario, y es una de las herramientas más poderosas que tenemos y que condiciona nuestro comportamiento, nuestra supervivencia y nuestra forma de vida.

Ilustración: Iván García
Ilustración: Iván García

De la información emerge el lenguaje:

La información, no obstante, es un concepto flexible, algunos hasta dirían promiscuo o incluso infiel, a veces, al lenguaje. Según cómo se definan los términos, no todo lo que entendemos por información es lenguaje. La información, en algunos contextos, puede ser un subproducto de nuestra conducta, una consecuencia involuntaria de nuestro comportamiento. En estudios sobre comunicación animal, esta idea se conoce como información social inadvertida y de ella parten algunas teorías actuales que aspiran a explicar la aparición de elementos clave en la evolución del lenguaje como son las señales comunicativas.

Los biólogos H. Martin Schaefer y Graeme Ruxton ilustran estas propuestas en su revisión de 2012, “By-product information can stabilize the reliability of communication”, con el ejemplo de “las marcas del tigre”. Los tigres suelen marcar su territorio rasgando la corteza de los árboles lo más alto que pueden: una demostración de su tamaño corporal cuya finalidad es mantener a raya a sus competidores. Sin embargo, los expertos sugieren que, originalmente, estos arañazos podrían haber sido resultado de otros comportamientos no relacionados con la comunicación intencional, como estirar la musculatura o afilar las garras. Es posible que los tigres comenzaran a extraer, indirectamente, información sobre la capacidad competitiva de sus rivales a partir de estas marcas involuntarias, lo que habría beneficiado a los individuos de mayor tamaño. La selección positiva de este comportamiento podría haber llevado a la ritualización de la conducta y, en consecuencia, a su evolución en una señal comunicativa que advierte de la fuerza relativa del emisor.

Las señales comunicativas y el cotilleo nos llevan al lenguaje hablado:

Con independencia de lo acotada (o no) que sea la definición de información empleada, los estudios comparativos entre humanos y animales no humanos se utilizan desde hace décadas para entender el origen y la evolución del lenguaje hablado. Nuestros parientes más cercanos (el resto de especies del orden de los primates) han resultado ser un modelo útil para plantear hipótesis sobre el tema. Dentro de este marco comparativo, existen tres enfoques principales que tratan de explicar cuáles son los elementos de partida y cómo ha sido su transición hasta el desarrollo del lenguaje humano: el primero sitúa el origen del habla en las vocalizaciones de los primates; el segundo considera la comunicación gestual de los grandes simios como la base de la comunicación humana; una tercera aproximación multimodal combina las dos anteriores. Por otro lado, las presiones ambientales que han moldeado las señales comunicativas a lo largo de nuestra evolución son varias, y entre ellas encontramos aspectos relacionados con la funcionalidad del lenguaje. Una de las teorías más famosas sobre la función del habla, que se ha postulado como potencial agente promotor de la evolución del lenguaje humano, es la teoría del cotilleo de Dunbar.

Robin Dunbar, antropólogo de la Universidad de Oxford, propuso, hace ya un par de décadas que, con el incremento del tamaño y la complejidad de las sociedades humanas, el desarrollo del lenguaje fue fundamental para mantener la estabilidad y la cohesión social. En el resto de sociedades primates, la conducta de grooming (acicalamiento) permite formar coaliciones, alianzas y mantener los lazos sociales con otros miembros del grupo. Este comportamiento, sin embargo, limita el número de individuos que pueden interactuar a la vez. En sociedades tan grandes como la humana, en las que cada persona puede mantener contacto regular con un máximo de 150 individuos (lo que llamaríamos “nuestro entorno de familiares y amigos”), el lenguaje resulta ser un mecanismo de cohesión social mucho más eficiente que el grooming.

Aunque podamos pensar que la función principal del lenguaje es la transmisión de conocimiento, los estudios sociológicos muestran que más del 50% de nuestras conversaciones está destinado al intercambio de información social. Comunicarnos mediante el habla nos permite, entre otras cosas, expandir nuestra red de contactos, intercambiar información sobre los cambios que ocurren en nuestro entorno, pedir consejo, discutir sobre situaciones hipotéticas, llamar la atención sobre nuestras cualidades para formar alianzas o encontrar pareja, engañar a los demás para sacar provecho de una situación evadiendo las consecuencias y controlar a quienes se saltan las normas. Este último punto es especialmente relevante, y aquí es donde entra en juego el cotilleo, que funciona como un medio de contención y de represalia para todos aquellos que intentan desestabilizar (y hackear) el sistema social.

Tiempo que dedicamos a diversos temas de conversación. Dunbar, R. I., Marriott, A., & Duncan, N. D. (1997). Human conversational behavior. Human nature, 8(3), 231-246. Ilustración: Iván García
Tiempo que dedicamos a diversos temas de conversación. Dunbar, R. I., Marriott, A., & Duncan, N. D. (1997). Human conversational behavior. Human nature, 8(3), 231-246. Ilustración: Iván García

¿Cómo hablar mal de otros se convierte en un procedimiento de castigo social?

Las normas sociales son un conjunto de estándares de conducta, basados en una serie de creencias compartidas culturalmente dentro de un grupo, que establecen cómo se han de comportar los miembros de la sociedad en una situación dada. Esta cultura común proporciona una identidad de grupo que se puede expresar en formas tan complejas como la religión o la moral, y es el pilar fundamental para que se establezcan relaciones de confianza. Para mantener la unidad social es necesaria la confianza, la cual, está mediada por el lenguaje. La confianza en los demás es lo que nos permite cooperar y establecer alianzas y relaciones afectivas.

Los humanos, al igual que la mayoría de primates, nos caracterizamos por ser extremadamente gregarios. Este, no es un rasgo arbitrario, sino más bien adaptativo: la vida en grupo presenta una serie de ventajas fundamentales para nuestra supervivencia, como la protección frente a depredadores (o enemigos) o el fácil acceso a potenciales parejas sexuales. Este sistema, sin embargo, no es perfecto, y tiene sus costes: la competencia por los recursos incrementa el estrés entre los miembros del grupo y, por ende, las probabilidades de conflicto. A pesar de ello, vivir en sociedad nos compensa y asumimos los riesgos que se derivan, pero siempre existen detractores del sistema que abusarán de la confianza para obtener los beneficios de la vida social sin pagar sus costes. Estos estafadores sociales se aprovechan de la predisposición de otros a la confianza para engañar. Por suerte, parece ser que los humanos somos muy sensibles a las opiniones de los demás, por lo que tendemos a modificar nuestra conducta para evitar que hablen mal de nosotros. El cotilleo, por tanto, entendido como crítica y desaprobación de ciertos comportamientos, previene que los individuos de una sociedad se conviertan en estafadores sociales, manteniendo así la estabilidad del grupo.

El lenguaje también es mediador en las relaciones de confianza que se establecen en la Red:

En la era de la información, las redes sociales se han convertido en el principal canal por el que se comparten contenidos digitales. Este tráfico de información se basa en la confianza que existe entre el usuario y sus seguidores. La selección que hagamos de esos contenidos que compartimos tendrá un gran impacto en las opiniones de todas aquellas personas que estén conectadas con nosotros a través de estas plataformas. Este intercambio de cultura virtual permite unificar los puntos de vista a nivel global e ir adaptándolos mediante la agregación de nuevas críticas, opiniones y creencias. Es el cotilleo a gran escala, en un mundo donde todos tenemos un papel activo en la información que se transmite.

La digitalización de la información nace y evoluciona a partir de la creación de nuevos lenguajes, como la programación en html o el lenguaje audiovisual, y a lo largo de las últimas décadas, ha ido cambiando nuestra manera de comunicarnos. Pero el lenguaje, además, tiene el poder de moldear nuestra forma de pensar. Esta idea del lenguaje como escultor del modo en el que percibimos el mundo, quedó maravillosamente representada en la oscarizada película de ciencia ficción de 2016 La llegada, del director canadiense Denis Villeneuve. En el siguiente video, la psicóloga Lera Boroditsky profundiza en este poder transformador del lenguaje con ejemplos reales de sus investigaciones.

 

¿Hasta qué punto la revolución digital será capaz de modificar cómo pensamos?

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Ciencia y Medios digitales

 

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