Palabras clave: bacterias

¿Es realmente peligroso consumir leche cruda?

El consumo de leche cruda vuelve a ser noticia desde que el pasado mes de julio la Generalitat aprobase el decreto que autoriza la comercialización de la leche cruda a granel y se iniciase un debate social acerca de los riesgos y beneficios para el consumidor; hace unos pocos días, en Estados Unidos, se producía un brote de brucelosis cuyo origen parece ser el consumo de leche procedente de una granja en Pensilvania, EE.UU.. ¿Es entonces peligroso consumir leche cruda? Sin duda, el consumo de leche cruda, sea de vaca, oveja, o cabra, puede entrañar graves riesgos para la salud.

leche

Imagen: pxhere.com

¿Cuál es el origen del riesgo?

Efectivamente, la leche puede contaminarse con microorganismos patógenos durante el ordeño, durante la manipulación posterior o, incluso, aunque en menor medida, porque el propio animal ordeñado padezca una infección sistémica o localizada en la ubre que pueda llegar a la leche. Además, este alimento, debido a sus propiedades (elevado contenido de agua, gran variedad de nutrientes y un pH casi neutro), es un magnífico medio de cultivo para muchos agentes biológicos.

Dentro de los microorganismos vehiculados por la leche y que pueden producir enfermedades en animales y personas (las llamadas zoonosis), los más conocidos, probablemente, son los causantes de la tuberculosis y la brucelosis. Pero, a pesar de la difusión mediática que puedan tener los casos de consumidores afectados (y es que se trata de enfermedades graves), en la actualidad la incidencia en nuestro país es baja, tal como afirma un estudio realizado por el comité científico de la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN). Sin duda, un gran logro obtenido de la aplicación de medidas de sanidad animal e higiene en la producción primaria y en el tratamiento de alimentos de origen animal.

Según la propia AECOSAN, los estudios demuestran que la mayoría de brotes relacionados con el consumo de leche cruda están causados por microorganismos patógenos externos, es decir, que contaminan la leche desde que sale al exterior y que pueden multiplicarse de manera muy activa en ella, incluso a bajas temperaturas. Se trata de agentes muy comunes y abundantes en el ambiente que pueden producir enfermedades de distinta gravedad, pudiendo ser muy peligrosos en población sensible. Estos son los más habituales:

-          Campylobacter. Produce una de las enfermedades transmitidas por los alimentos más comunes en el mundo, se estima que cada año la padecen 1 de cada 10 personas. Una de las fuentes de transmisión es el consumo de leche sin hervir o contaminada.

-          Salmonella. Es muy común tanto en animales domésticos como silvestres. Está presente a lo largo de toda la cadena alimentaria e incluso se han detectado algunos serotipos (variedades) resistentes a antimicrobianos. Por lo general, se contagia a partir de alimentos de origen animal contaminados.

-          Escherichia Coli. Se trata de una bacteria presente en el aparato digestivo de animales sanos que puede causar enfermedades graves en el ser humano, como la E. Coli productora de toxina Shiga. Esta variedad se transmite principalmente por el consumo de carne y leche crudas.

-          Listeria Monocytogenes. Este agente puede encontrarse en el suelo, en aguas residuales, en carnes, etc., es lo que llamamos un germen ubicuo. Según la AECOSAN, su presencia en leche cruda puede oscilar del 3-4% al 25% (en quesos elaborados a partir de leche cruda) de las muestras. 

¿Cómo podemos evitar el riesgo?

En lo que respecta al consumidor, la opción más segura para evitar consumir leche contaminada es elegir productos lácteos que hayan sido pasteurizados (indicado en la etiqueta), especialmente si nos encontramos dentro de los grupos de población susceptible. Así lo recomiendan numerosas organizaciones y asociaciones, como la FVE (Federation of Veterinarians of Europe). Además, existen otras precauciones que debemos considerar para minimizar posibles riesgos:

-          Mantener la cadena de frío, refrigerando preferiblemente por debajo de 5℃.

-          No almacenar leche más de 72h después de su compra.

-          Siempre, hervir la leche cruda antes de consumirla.

-          En general, cumplir con las 5 claves para la inocuidad de los alimentos.

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El descubrimiento del primer antibiótico

El primer antibiótico fue descubierto por Alexander Fleming en 1928: la penicilina. Su descubrimiento supuso una gran revolución en el mundo de la medicina al permitir curar infecciones causadas por bacterias. Todos hemos escuchado cómo Fleming descubrió la penicilina por casualidad cuando sus cultivos se contaminaron con un moho, como el del pan, que se coló por la ventana. Aunque la historia no es exactamente así, el azar tuvo mucha importancia en este avance científico. Pero, ¿se debió todo a la suerte?

Cómo dijo Picasso, “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”.

El descubrimiento de la penicilina

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La microbiota humana: ¿quién vive dentro de tí?

Nuestro cuerpo es un ecosistema habitado por una gran variedad de microorganismos. Descubre más de la microbiota humana.

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Un futuro sin antibióticos

La perdida de eficacia de los antibióticos ante las infecciones es una de las principales amenazas para la salud mundial. La resistencia a antibióticos causa 700.000 muertes al año en  todo el mundo y se espera que esta cifra ascienda a más 10 millones en 2050.

Píldoras (Fuente: Pixabay)
Píldoras (Fuente: Pixabay)

Alexander Fleming descubrió el primer antibiótico, la penicilina, en 1928, lo que supuso una gran revolución en el mundo de la medicina. Hasta entonces las enfermedades infecciosas eran la primera causa de muerte en todo el mundo. Los antibióticos son medicamentos capaces de curar infecciones causadas por bacterias. No tienen efecto sobre otros microorganismos infecciosos como hongos o virus, por ejemplo el virus de la gripe, para los cuales deben utilizarse los tratamientos específicos adecuados. Además de tratar enfermedades producidas por bacterias, los antibióticos nos han permitido aplicar técnicas terapéuticas que sin su cobertura hubieran sido inviables debido a las complicaciones infecciosas, como una simple extracción de muelas.

Campaña de concienciación sobre el uso de los antibióticos (Fuente:OMS)
Campaña de concienciación sobre el uso de los antibióticos (Fuente:OMS)

Cada vez más antibióticos dejan de ser eficaces contra las infecciones. La resistencia a los antibióticos es un fenómeno natural; sin embargo, el uso indebido de estos fármacos lo está acelerando. La sobreexposición a antibióticos propicia que se mantengan formas bacterianas resistentes. Además, es especialmente importante completar los tratamientos, ya que al interrumpirlos no eliminamos todas las bacterias y a estas les será más fácil enfrentarse en el futuro a un antibiótico que ya conocen. Cuando las bacterias se hacen resistentes a un antibiótico, para acabar con ellas necesitamos principios activos más agresivos, qué también son más tóxicos para nosotros.

Encontrar nuevos antibióticos es difícil y, aunque lo consigamos, si no se modifica nuestro comportamiento también dejaran de funcionar pronto. Tomar antibióticos sin ser recetados por un médico, usarlos contra infecciones víricas como la gripe o no completar los tratamientos, incrementa la aparición de bacterias resistentes. La OMS alerta de que debemos hacer un uso más responsable  y tomar antibióticos sólo cuando sea necesario y siguiendo siempre las indicaciones de los profesionales sanitarios. También son necesarias otras acciones que eviten la propagación de las infecciones como la vacunación o mantener buenas practicas de higiene.

Los antibióticos dejan de ser eficaces cuando una bacteria muta y obtiene los mecanismos de resistencia para sobrevivir en presencia de este. Por tanto, son las bacterias y no nosotros quienes se vuelven resistentes. El principal problema es que las bacterias tienen una gran capacidad de adaptación al medio y, además, lo hacen de forma muy rápida. Una bacteria puede experimentar una mutación en su ADN que le aporte la información necesaria para sobrevivir a un determinado antibiótico. Al replicarse, lo cual puede suceder en tan solo media hora, tendremos dos bacterias resistentes. Cuando estas se repliquen serán cuatro, luego ocho y así sucesivamente, de forma que en pocas horas podemos tener cientos de bacterias resistentes a ese antibiótico.

Aparte de la herencia entre madres e hijas, las bacterias tienen la capacidad de intercambiar información genética. De esta forma, en una población de bacterias los mecanismos de resistencia a un antibiótico pueden ser diseminados entre ellas.

Cada vez más infecciones son difíciles de tratar debido a la perdida de eficiencia de los antibióticos, como la neumonía, la tuberculosis, la gonorrea o la salmonelosis. Los científicos llevan años alertando de este problema, que parece haber sido recogido ahora por los políticos, con medidas como la puesta en marcha del Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos (PRAN). A no ser que cambie nuestra conducta, llegaremos a un punto en el cual no dispondremos de antibióticos eficientes contra las bacterias y muchas infecciones comunes y lesiones menores volverán a ser causa de muerte.

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La venganza de las bacterias

Desde que Alexander Fleming descubriera el poder antibiótico de la penicilina en 1828, la sanidad mundial ha sufrido una de sus mayores revoluciones. En esa época, las infecciones eran la primera causa de muerte, sobre todo las causadas por bacterias. Su posterior control ha permitido un considerable aumento en la esperanza de vida. ¿Pero qué sucedería si estos microbios buscaran ahora venganza? Sin ser conscientes, nos estamos acercando a este panorama, en que las bacterias están volviéndose cada vez más resistentes a nuestras armas de lucha, los antibióticos. Y es, en gran parte, responsabilidad de todos nosotros. ¿Pero estamos a tiempo de evitarlo?

Alexander Fleming
Alexander Fleming

En primer lugar, debemos tener presente que no todos los antibióticos son iguales. Pueden tener, por ejemplo, orígenes distintos. Algunos antibióticos se pueden encontrar en la naturaleza. La penicilina, sin ir más lejos, es producida por un hongo. Sin embargo, la gran mayoría de los antibióticos que utilizamos hoy en día se producen sintéticamente en laboratorios. Es el caso de la amoxicilina, el tratamiento estrella contra infecciones tan típicas como las anginas. Lo que todos tienen en común es que únicamente son útiles contra bacterias, nunca contra otros organismos como los virus.

Los antibióticos pueden también diferenciarse en su forma de actuar contra las bacterias. Algunos ejercen su función desde fuera de ellas: atacan la pared externa que las envuelve y protege, y provocan así su muerte. Otros pueden entrar dentro de ellas, atacar a su ADN, e impedir que se reproduzcan y extiendan la infección.

Estas diferencias en las formas de actuar causan que no todos los antibióticos sean útiles ante cualquier tipo de bacterias. Algunas bacterias se vuelven resistentes a determinados ataques. Pueden conseguirlo, por ejemplo, rompiendo las moléculas de antibiótico: si rompen el arma, no les podrá dañar. Otras impiden que el antibiótico entre dentro de ellas, como si tuvieran un escudo. Sea como sea, esta no es una situación estable y fija sino que las bacterias tienen la capacidad de cambiar y volverse resistentes a un antibiótico que antes era capaz de matarlas.

Las resistencias a antibióticos ocurren siempre en la naturaleza. Las bacterias van cambiando y esas que son más resistentes podrán sobrevivir. Sin embargo, el uso tan extendido por nuestra parte de antibióticos está acelerando muchísimo este fenómeno. Si usamos antibióticos de forma inadecuada, matamos solamente las bacterias más débiles pero favorecemos que sobrevivan aquellas más resistentes y que puedan ser un mayor peligro para la población.

¿Hasta qué punto puede ser crítico este problema? La Organización Mundial de la Salud (OMS) avisa que las infecciones por bacterias resistentes a antibióticos podrían causar 10 millones de muertes al año en 2050. De esta manera, se convertiría en la primera causa de muerte, por encima de enfermedades como el cáncer. Volveríamos, por tanto, a vivir en una época en que las bacterias ganaban la mayoría de las batallas, como antes del descubrimiento de la penicilina. Para concienciar sobre este problema, la propia OMS preparó un corto de animación explicando la historia de los antibióticos:

¿Está, entonces, todo perdido? Afortunadamente, no. Ser conscientes del peligro es el primer paso para evitarlo. Y esto depende del uso que le demos a los antibióticos, que hasta ahora han sido una de nuestras mayores armas para salvar vidas. Debemos tener en cuenta varios consejos para evitar las resistencias. Usarlos correctamente implica, primeramente, tomarlos solo cuando sean necesarios, es decir, cuando las infecciones que nos afecten sean producidas por bacterias. No debemos tomarlos, por lo tanto, cuando sufrimos un resfriado común o una gripe, ya que son típicas enfermedades producidas por virus. Además, es necesario cumplir el tratamiento prescrito por el médico hasta el último día: tomar todas las dosis, hasta el final, aunque los síntomas mejoren.

Los antibióticos, junto a las vacunas, han salvado millones de vidas desde su descubrimiento. Que puedan seguir salvándolas depende en gran parte de nosotros. No dejemos que las bacterias vuelvan a ganar las batallas que ya habíamos ganado nosotros. Hagamos un uso responsable de los antibióticos.

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Ana Sotres “Las bacterias nos permiten limpiar aguas residuales y generar bioelectricidad al mismo tiempo”

Publicado por Gema Valera Vázquez
03/08/2017

 

Ana Sotres en su laboratorio en IRENA (León)
Ana Sotres en su laboratorio en IRENA (León)

Ana Sotres (Asturias, 1982) es Doctora en Ingeniería Ambiental por la Universidad Politécnica de Cataluña. Trabaja en IRENA, a las afueras de León, pero le gusta ir a pie, es el mejor momento del día para oxigenar el cerebro, y las mejores ideas a veces aparecen caminando. Desde que por casualidad llegó a sus manos una tesis doctoral que le descubrió que existían formas de generar energía verde aprovechando reacciones naturales de ciertas bacterias, lo tuvo claro: quería dedicarse a mejorar el rendimiento de las llamadas pilas biológicas, para poder utilizarlas a gran escala y aliviar el problema al que nos enfrentamos de agotamiento de energías fósiles.

Probablemente pocos de nuestros lectores han escuchado hablar sobre las pilas biológicas. ¿Cuál es el principio fundamental de estas pilas?
Se parecen a una pila convencional. Son un tipo de reactores con dos cámaras de diferente carga, un ánodo (negativo) y un cátodo (positivo), separados por una membrana. Estas cámaras están conectadas por una resistencia externa, como si fuera un circuito eléctrico. En el ánodo las bacterias degradan materia orgánica, y esta descomposición produce C02, protones y electrones, los cuales circulan por el circuito eléctrico hacia el cátodo, produciendo bioelectricidad y agua.

Es fabuloso pensar que si a estas bacterias se les da de comer los residuos orgánicos contenidos en aguas residuales, generan energía y limpian el agua. ¿Qué uso se le puede dar al agua?
Principalmente para riego. Las bacterias eliminan la carga orgánica que en altas concentraciones es contaminante; pero en ningún caso es agua potable, porque no va a ajustarse a los valores que establece la normativa, y porque el proceso de potabilización del agua es totalmente diferente. No sirve con eliminar la materia orgánica, tiene muchos más pasos como la desinfección para acabar con microorganismos patógenos.

La cantidad de energía que hoy por hoy podéis obtener con una biopila, ¿es suficiente como para hacer funcionar algún aparato de bajo coste energético como una bombilla LED?
Depende del tamaño de los reactores y materiales que utilices. Hay equipos que sí consiguen encender una bombilla o mover un ventilador pequeñito.

Entonces, ¿cuántas bacterias necesito para cargar mi teléfono móvil?
No creo que sea cuestión de cuántas sino de cuáles. Hay un tipo de microorganismos llamados exoelectrogénicos que pueden producir grandes cantidades de energía eléctrica.

¿Estamos cerca de aplicar las biopilas a gran escala?
Se están intentando hacer cosas, pero aún queda. Hay plantas piloto en Australia, en EEUU y en Bélgica, pero no sé en qué fase se encuentran. Lo que sí es cierto es que al ritmo que avanza la ciencia, y la cantidad de grupos de investigación detrás de esta tecnología, seguro que el futuro está más cerca de lo que pensamos.

Se tiende a asociar bacteria con peligro para la salud, ¿qué decimos a nuestros lectores para que se tranquilicen y no se muestren escépticos ante el uso de bacterias en Bioingeniería?
¡Que sin bacterias no podríamos vivir! Habitan nuestro cuerpo, gracias a ellas bebemos vino y comemos pan. Y además las podemos utilizar para descontaminar suelos, limpiar las playas de vertidos y ayudarnos a conseguir biocombustible. Todos los procesos biotecnológicos de los que nos beneficiamos están llevados a cabo por bacterias, un ejemplo cercano son las depuradoras de agua de las ciudades.

¿En casa también cuidas el medio ambiente?
Intento hacerlo, pero hay muchas cosas que no hago bien del todo y a veces me frustro, porque controlar todo es imposible: lo que comemos, los envases que generamos, la energía que consumimos, los contaminantes que se generan en cada prenda que usamos… la lista puede ser demasiado larga.

Ana, ¿qué te resulta más difícil?: ¿Contar tu proyecto a científicos en una conferencia internacional o al gran público en un evento divulgativo?
Son cosas muy distintas. Te van a juzgar de manera muy diferente y esperan cosas diferentes, pero para mí tiene más satisfacción personal que alguien que nunca haya oído hablar de células de combustible microbianas acabe entendiendo cómo funcionan y lo importantes que son como fuente de energía limpia.

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Alimentos, bacterias e intoxicaciones, de un vistazo

El informe de la Agencia de Seguridad Alimentaria de la FDA (US Food and Drug Administration)  advierte sobre los peligros de  los cuatro patógenos causantes de la mayoría de las intoxicaciones alimentarias. Bacterias de nombres aterradores que, según recoge el artículo publicado por The Atlantic, son las responsables de 48 millones de casos de intoxicaciones relacionadas con los alimentos en los Estados Unidos. Son E.Coli 0157, Salmonella, Campylobacter y Listeria y se encuentran en alimentos de la dieta habitual.

Los datos del informe dan pistas sobre dónde deben centrarse los esfuerzos para controlar y luchar contra las intoxicaciones provocadas por estas bacterias. Según el artículo, los datos ‘también revelan algunos desafíos. Por ejemplo, es más fácil reducir a cero el riesgo en un par de causas, como la presencia de E.Coli en la ternera y en las verduras crudas, que mantener una guerra abierta y difusa contra la Salmonela’.

Mientras avanzan las investigaciones, se recomienda seguir cuidadosamente algunos consejos básicos.

 

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Cinco buenas razones para cuidar de nuestras bacterias

Trillones de amigos que no sabias que tenias.
Trillones de amigos invisibles

1. Somos más bacteria que humano

De hecho, hay 10 veces más células de microorganismos (bacterias, virus, hongos) en nuestro cuerpo, que células humanas ! Esto quiere decir 100 veces más genes de microbios que nuestros. Ese conjunto de microorganismos representan lo que los científicos llaman el microbioma humano.

Estos microorganismos no representan ninguna amenaza. Al contrario, son benéficos y necesarios para mantenernos en buena salud.

La comunidad de bacterias mas grande de nuestro cuerpo se encuentra en el intestino.  Ahí, a cambio del abrigo y la comida que les damos, hacen cosas muy importantes :

2. Nos defienden contra otras bacterias peligrosas, al competir directamente por nutrientes o al producir sustancias antimicrobianas. Por ejemplo, bacterias intestinales del género Bifidobacterium liberan sustancias microbicidas que impiden la adherencia de cepas patogénicas de Escherichia coli a la pared intestinal, y su proliferación.

 3.  Regulan nuestro metabolismo, es decir la manera en que quemamos azucares o almacenamos grasas. Los científicos han encontrado que las poblaciones de bacterias de individuos delgados son diferentes y más diversas que las de individuos obesos. Lo interesante es que además tienen distintos efectos metabólicos cuando administradas a ratones de laboratorio : las bacterias intestinales de individuos delgados protegen a los ratones de volverse obesos, mientras que los ratones que recibieron bacterias de individuos obesos aumentaron rápidamente de peso.

4. Educan a nuestro sistema inmune para que destruya lo que es peligroso y deje tranquilo lo que no lo es.  Los científicos sospechan que muchas alergias y enfermedades autoinmunes se deben a alteraciones en nuestras bacterias intestinales. Además, ciertas bacterias intestinales ayudan al sistema inmune a luchar contra tumores, incluso cuando dichos tumores están lejos del sistema gastrointestinal. Un par de estudios recientes sobre el papel de la flora intestinal en la respuesta antitumoral demostraron que la toma de antibióticos afecta la respuesta a tratamientos anticancerosos. Asi, diferentes tipos de tratamientos (quimioterapia e inmunoterapia) eran menos eficaces en ratones con una flora intestinal alterada como consecuencia de la toma de antibióticos, que en ratones con una flora intestinal intacta.

5. Mandan señales a nuestro cerebro e incluso influyen en nuestro estado de animo o ansiedad. Por ejemplo, muchos individuos con síndrome de autismo tienen problemas gastrointestinales. Un estudio reciente usando un modelo de autismo inducido en ratones, demostró que el intestino de los ratones afectados tiene “fugas” que dejan pasar material del intestino a la sangre. También encontraron que tenían bajos niveles de un tipo de bacteria intestinal llamada Bacterioides frágilis. Cuando los investigadores re-introdujeron un dicha bacteria en la dieta, la permeabilidad intestinal se corrigió y el comportamiento de los ratones cambió : se volvieron más sociales y menos ansiosos.

Aunque la mayoría de estos estudios se hicieron con ratones y no en humano, ponen en evidencia la importancia de tener una flora intestinal diversa e intacta para evitar desordenes metabólicos, inmunológicos o neurológicos.

El problema es que en los últimos años, los científicos han notado que la diversidad de bacterias en nuestro intestino ha ido disminuyendo.

Esto es consecuencia de : menos partos naturales y menos madres que amamantan (las primeras bacterias las adquirimos a través del parto natural y la leche materna) ; un uso indiscriminado de antibióticos desde que somos pequeños; nuestra obsesión por la limpieza; y muy importante, los cambios en dieta. Está comprobado que las dietas del mundo occidental, altas en grasa, cambian la abundancia y la actividad de nuestras bacterias comensales.  El resultado es inflamación, colitis, cáncer, diabetes. En cambio, las dietas ricas en fibra favorecen la presencia y actividad de bacterias que rompen carbohidratos y azúcares y que limitan la inflamación.

Quizás podamos acabar compensando parcialmente este problema consumiendo pro-bióticos (es decir bacterias con efectos anti-inflamatorios) o pre-bióticos (es decir,  nutrientes que les gustan a dichas bacterias).

En todo caso, una cosa es segura :  un uso más racional de antibióticos y una dieta variada y rica en fibra son dos medidas sencillas – y esenciales – para cuidar de nuestros microbios y por lo tanto de nuestra salud.

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