William Shakespeare, que estás en los cielos…

Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas en tu filosofía”. No podía expresar mejor el bardo de Avon, con esta frase de Hamlet,  las incógnitas que se planteaban en su época. Era un tiempo dominado por los descubrimientos de nuevos continentes y la reformulación de la dinámica de los planetas. Lo que seguramente no sospechaba es que, con el tiempo, algunos de sus personajes formarían parte de ese nuevo universo en expansión.

En época de Shakespeare el Sistema Solar conocido estaba formado por los mismos cinco planetas ya descritos desde la antigüedad, y que recibian nombres mitológicos. Junto con el Sol y la Luna eran la base de nuestro sistema de medición del tiempo, la semana. Parecía, pues, que todo estaba sólidamente establecido.

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Modelo heliocéntrico. Andreas Cellarius. Wikipedia.

Cuando doscientos años después, el astrónomo británico William Herschel miró al cielo con su telescopio y vio un objeto desconocido, creyó que era una estrella nueva o un cometa. Otros astrónomos hicieron nuevas observaciones que confirmaron que en realidad se trataba de un planeta, el primero descubierto en tiempos modernos. Pidieron a Herschel que le pusiera un nombre, y éste se decidió por “Georgium Sidus” (la estrella de Jorge) en honor a su patrocinador, el rey Jorge III de Inglaterra.

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Retrato de William Herschell (Wikipedia) y mapa de la época con la posición del nuevo planeta.

El nombre no tuvo mucho éxito fuera de Gran Bretaña. “No mezclemos política y astronomía”, debieron pensar los científicos de la época. Siguiendo con la tradición mitológica, el astrónomo alemán Johan Bode propuso llamarlo Urano. Tenía su lógica: al fin y al cabo Urano era el padre de Saturno, y por tanto, abuelo de Júpiter. Todo quedaba en familia.

Poco tiempo después, Herschel observó la presencia de dos cuerpos de gran tamaño que orbitaban alrededor de Urano. Esta vez no se complicó la vida y bautizó a los nuevos satélites con nombres anodinos: Urano I y Urano II.

Shakespeare y las lunas de Urano.

Hubo que esperar casi 70 años para que otro astrónomo, William Lassell, descubriera otros dos satélites. Lassell pidió entonces a John Herschell, el hijo del descubridor, que nombrara a todos los satélites de una forma más eufónica.  Y aquí es donde hace su aparición Shakespeare. En lugar de utilizar nombres mitológicos, a John Herschell se le ocurrió tomar nombres de personajes de las obras del inmortal autor. A aquellas alturas a nadie se le ocurriría quejarse.

Así pues, los dos primeros satélites recibieron los nombres de Titania y Oberón, la reina y el rey de las Hadas respectivamente, de “El sueño de una noche de verano”.  Los dos descubiertos por Lassell pasaron a llamarse Ariel, en honor a la hada que sirve a Próspero en “La tempestad” y Umbriel, el duende melancólico de la obra de Alexander Pope “El rizo robado”.

En 1948, el astrónomo Gerard Kuiper,  descubrió un quinto satélite uraniano. En esta ocasión se bautizó con el nombre de Miranda, la hija del mago Próspero, también de “La tempestad”.

Satelites Urano
Montaje de Urano y sus lunas. Fotos de la sonda Voyager 2. NASA

No queda aquí la cosa: los accidentes geográficos de los satélites llevan nombres relacionados con obras de Shakespeare. En los cráteres de Oberón, podemos encontrar a Marco Antonio, César, Hamlet, Lear, Macbeth, Otelo o Romeo. Y en las nuevas lunas descubiertas por el Voyager II en 1986 reconoceremos a Desdémona, Julieta o Puck.

Nuestro sistema solar es así un poco más poético.

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