Reacciones adversas a alimentos, ¿quién es quién?

Las reacciones adversas a alimentos son cada vez más frecuentes en nuestra sociedad. Entre las posibles causas de este incremento están: los cambios en las costumbres alimentarias, cambios en la flora intestinal, mejora de las técnicas de diagnóstico y una mayor sensibilización de la sociedad. Alergia alimentaria, intolerancia o enfermedad celíaca son conceptos cada vez más habituales en nuestro día a día, y que se confunden con facilidad, sobretodo por la similitud en el causante (un alimento) y en los síntomas. En este post intentaremos clarificar estos conceptos.

Imagen generada con fotos de Gaelle Marcel, Kim Gorga, Monika Grabkowska y Rebecca Luna de Unsplash
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Para empezar, conviene recalcar que hay diferentes tipos de reacciones adversas: las tóxicas y las no tóxicas. Las tóxicas son aquellas que ocurren en todo los individuos que ingieren el alimento. Pueden ser causadas por productos de bacterias u otros microorganismos, por metales pesados como el mercurio, entre otros. Las no tóxicas, ocurren solo en individuos que, por diferentes razones, son sensibles a determinados alimentos. A continuación se describen las principales reacciones adversas a alimentos de tipo no tóxico.

Alergias alimentarias

Las alergias alimentarias son reacciones adversas a alimentos, debido a una respuesta exagerada del sistema inmune. La mayoría de las alergias alimentarias ocurren porque nuestro cuerpo, a través de la inmunoglobulina E (IgE), reconoce un alimento inocuo como algo peligroso. De forma inmediata o en pocas horas, este reconocimiento activa a células del sistema inmune y da lugar a los diferentes síntomas. Entre ellos encontramos síntomas cutáneos (urticaria), reacciones en la mucosa oral, dolor abdominal, diarrea o vómitos, entre otros. Entre las consecuencias más graves de la alergia alimentaria está el choque anafiláctico, que puede ocasionar la muerte.

Este vídeo explica, de forma general, en que consiste la alergía y el mecanismo inmunológico que la ocasiona:

Las alergias alimentaria son más frecuentes en niños, muchos de los cuales desarrollaran tolerancia al crecer; y en la población adulta la frecuencia es del 1-2%. La percepción social pero (autodiagnostico), sitúa su frecuencia alrededor del 6%: éste es uno de los hechos que también puede explicar la percepción de que este tipo de reacciones han aumentado.

Los alimentos más frecuentes causantes de alergia en niños son la leche, el huevo, los frutos secos, las legumbres, las frutas y los mariscos; y en adultos las frutas y los mariscos, aunque existen muchos otros alimentos que pueden ocasionar alergia.

Para el diagnóstico de las alergias alimentarias es muy importante la historia clínica, que se complementa con varias pruebas: medir los niveles de IgE específica a ciertos alimentos, las pruebas cutáneas y finalmente la provocación oral, que suele hacerse en caso de que las otras pruebas no sean concluyentes. Por esta última razón, es importante saber que un diagnostico no se basa solo en pruebas “positivas” o “negativas”, sino en base a una interpretación de éstas junto a la historia clínica. Así, por ejemplo, tener IgE frente a melocotón no indica que seamos alérgicos a ese mismo, sino que estamos sensibilizados. Si en nuestro día a día ingerimos melocotón sin síntomas, significa que no somos alérgicos y por lo tanto no debemos eliminar ese producto de nuestra dieta. La eliminación de alimentos a los que estamos sensibilizados pero no somos alérgicos pueden comportar que posteriormente desarrollemos la alergia. Por otra parte, algunos test diagnósticos que se ofertan, como el análisis de pelo, la quinesiología aplicada o el test leucocitotoxico, carecen de base científica.

El tratamiento de la alergia alimentaria consiste en evitar el alimento en la dieta. En caso de ingestión accidental, existen varios fármacos (antihistamínicos o corticoides) para controlar la reacción, y en caso de reacción anafílactica será necesaria la administración de adrenalina. Desde hace unos años, y para ciertos alimentos, existe lo que se conoce como desensibilización o inducción oral de tolerancia. Consiste en introducir, bajo supervisión médica, cantidades crecientes del alimento hasta que el paciente puede ingerir una cantidad determinada de manera segura. En algunos casos se consigue una tolerancia total al alimento y en otros casos solo parcial, pero se disminuye de esa forma las reacciones graves que pueden ser ocasionadas por una ingesta accidental. También se estan ensayando hoy en día vacunas para la alergía a alimentos, aunque estan en fase de desarrollo.

Existen, además, algunas alergias a alimentos que no son mediadas por IgE, y que pueden aparecer de forma más retardada. Es el caso de la esofagitis eosinofílica o las enteropatías por proteínas de la dieta.

Para profundizar en el tema, recomendamos visitar la página de la SEAIC (Sociedad Española de Alergía e Inmunología Clínica) o la lectura de este capítulo del libro de las Enfermedade Alergicas de la Fundación BBVA.

Intolerancias alimentarias

Las intolerancias alimentarias, a diferencia de las alergias alimentarias donde interviene el sistema inmune, son debidas a problemas de tipo digestivo o metabólico. Esto incluye, por ejemplo, la falta de enzimas para procesar ciertos alimentos, el mal funcionamiento de éstas o problemas en la absorción de nutrientes. Los síntomas de las intolerancias alimentarias son similares a los de la alergia alimentaria, sobretodo en referencia a los síntomas digestivos, aunque también puede haber síntomas cutáneos y otras manifestaciones como migraña o fatiga. Los síntomas, además, suelen ser dependientes de la dosis y, a diferencia de las alergias, pueden aparecer varias horas después de la ingesta.

Las intolerancias son más frecuentes que las alergias y suelen tener consecuencias menos graves. A día de hoy solo hay unas pocas intolerancias alimentarias bien definidas. La más conocida es la intolerancia a la lactosa (conviene no confundirla con la alergia a proteínas de la leche), que afecta a un porcentaje bastante elevado de la población (en algunas zonas del planeta, prácticamente el 100% de la población es intolerante a la lactosa) y que se debe a la falta de lactasa, la enzima que degrada la lactosa. Otras intolerancias descritas son las intolerancias a la fructosa o a la sacarosa, o el déficit de diamina oxidasa (DAO), la enzima que degrada la histamina. Existen otras potenciales intolerancias, de las que hay pocas evidencias y generan controversia. Es posible que algunas de éstas, sean debidas a otras enfermedades del sistema digestivo o que sean inducidas por la aversión a un alimento.

Las intolerancias pueden ser de diferentes grados, no es un “todo o nada”. Así, hay algunos individuos que pueden comer pequeñas cantidades del alimento sin consecuencias mientras que otros con la misma cantidad si van a desarrollar una reacción adversa.

El diagnóstico de las intolerancias alimentarias es difícil y solo existen test diagnósticos para algunas de ellas. Como en el caso de las alergias, se ofrecen numerosos tests de validez dudosa. Entre ellos es bastante común el test de las IgGs frente a alimentos, que carece de suficiente evidencia científica y no es apoyado por las principales asociaciones y organizaciones de profesionales de la salud.

El tratamiento de la intolerancias suele consistir en evitar el o los alimentos a los que se es intolerante, aunque en algunos casos existe la posibilidad de ingerir la enzima de la que no disponemos lo que que permite al paciente ingerir el alimento durante un período de tiempo.

Enfermedad celíaca

La enfermedad celíaca es una enfermedad de tipo autoinmune que afecta a individuos susceptibles genéticamente (aunque solo un pequeño porcentaje de los portadores de genes que confieren susceptibilidad desarrollaran la enfermedad). En la enfermedad celíaca, el sistema inmune reconoce el gluten (presente en trigo, cebada, algunos tipos de avena, espelta o centeno) y como consecuencia desarrolla una respuesta inmune. Esta respuesta daña el intestino delgado, causando una absorción inadecuada de nutrientes básicos, y es responsable de sus síntomas digestivos (diarrea, dolor de estómago, nauseas, úlceras bucales) pero también de síntomas extradigestivos (dolor en las articulaciones, acné o eczemas, neuropatías o infertilidad).

La enfermedad celíaca afecta a un 1% de la población aproximadamente, con mayor frecuencia en mujeres (hecho habitual en enfermedades de tipo autoinmune). Para el diagnóstico de la enfermedad celíaca se analiza la historia clínica, un test para determinar la presencia en suero de anticuerpos asociados a la celiaquía (aunque un test negativo no descarta la enfermedad) y si se requiere se puede realizar una biopsia intestinal para determinar alteraciones en el tejido. Además, se puede complementar con un estudio genético para determinar que la persona es portadora de los genes que confieren susceptibilidad.

El único tratamiento que existe a día de hoy para la enfermedad celíaca es una dieta libre de gluten de por vida.

Conviene distinguir la enfermedad celíaca de la alergia al trigo (mediada por IgE frente a algunas proteínas del trigo) y de lo que se conoce como sensibilidad al gluten no-celíaca, un trastorno descrito en los últimos años y que aún genera controversia.

Podéis leer más en este documento de la Sociedad Española de Inmunología o visitar la web de la FACE (Federación de Asociaciones de Celíacos de España).

Otras fuentes para profundizar: artículo (en inglés) y artículo (en español) sobre alergia e intolerancias alimentarias
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