Cometa de la nube de Oort

La nube de Oort y la desaparición de los dinosaurios

Mirar las estrellas, es contemplar un cielo empapelado con postales de otros tiempos. Las estrellas más visibles de la Osa Mayor están entre 60 y 125 años luz de nosotros. La luz que ves cuando miras la constelación partió de sus estrellas posiblemente mucho antes de que nacieses.

La estrella más próxima al Sol es Alfa Centauri, a poco más de 4 años luz. Algo más lejos, a 8,6 años luz, encontramos la brillante Sirius. Y bastante más lejos, pero aún visible sin la ayuda de un telescopio, encontramos la Galaxia Andrómeda, a 2,5 millones años luz. ¡Millones de año luz! La luz que vemos de Andrómeda es mucho más vieja que la existencia del hombre moderno. Nuestros parientes más próximos que andaba por la Tierra entonces eran los Australopithecus, los primeros primates en desplazarse de forma bípeda que más tarde darían origen al género Homo.

Pero dos millones de años luz es poca distancia en la escala del Cosmos. Existe una galaxia en la constelación austral de Cetus denominada NGC1052-DF2, que está a 65 millones años luz de nosotros. La luz viaja a la misma velocidad en la otra dirección, es decir, desde nuestro sistema solar a la galaxia NGC1052-DF2. Si existe vida inteligente ahí con sus telescopios observando en nuestra dirección, no nos verá a nosotros, sino que vería una Tierra apocalíptica.

Desde una galaxia a 65 millones de años luz sería posible observar dinosaurios

Sí, los dinosaurios se extinguieron hace 66 o 65 millones de años, así que si los habitantes de la galaxia NGC1052-DF2 tuviesen una tecnología suficiente para explorar el Universo estarían visualizando ahora mismo la extinción del Tyrannosaurus rex. Junto a él, se apagó la vida del 76% de las especies que habitaban la Tierra, incluidos los dinosaurios, a excepción de los relacionados con las aves, que llevan décadas activando nuestra imaginación. A todo el mundo le gustan los dinosaurios. ¿A quién no le cautivan sus esqueletos en un museo?

Pero igual que nos fascinan sus formas y dimensiones, también lo hace el misterio de su desaparición. Con sus imponentes tamaños fueron los principales actores del planeta durante  más de 100 millones de años, probablemente mucho más tiempo del que sobrevivamos los humanos.¿Qué los hizo desaparecer?

La teoría más aceptada explica su extinción por el impacto de un asteroide, de más allá del sistema solar, con nuestro planeta. Una hipótesis planteada principalmente por el geólogo Walter Alvarez en 1980, reforzada una década más tarde, con el descubrimiento del cráter Chicxulub de 180 kilómetros de diámetro en la península de Yucatán.

Un impacto de estas dimensiones debió desencadenar olas y vientos extremos en un radio de unos 1.000 kilómetros. Posiblemente aparecieron mareas gigantes que recorrieron todo el planeta y se experimentó un terremoto masivo. Una nube de polvo, ceniza y vapor sobrecalentado cubrió el cielo. Las rocas eyectadas del lugar del cráter se precipitaron a través de la atmósfera, se calentaron hasta la incandescencia y desataron incendios por toda la superficie del planeta, elevando así la temperatura. Las capas de carbón y hollín encontradas en el estrato geográfico de entonces, confirman que ardió gran parte de la vida vegetal y animal de la época. Los científicos han calculado que más de la mitad de la biomasa fue incinerada en pocos meses tras la caída del asteroide.

Más de la mitad de la biomasa fue incinerada por el impacto de Chicxulub

Los posibles habitantes de la galaxia NGC1052-DF2 podrían estar viendo en estos momentos arder nuestro planeta. O quizás, la capa de ácido sulfúrico que estaría bloqueando la luz solar. Verían una Tierra velada en la cual bajarían las temperaturas, observando como, incapaces de hacer la fotosíntesis, las plantas que sobrevivieron a los incendios van muriendo lentamente. Podrían ver los ecosistemas colapsando.

Aquel asteroide lo cambió todo. Los océanos tardaron centenares de miles de años en recuperarse. Nosotros lo sabemos porque estamos aquí, pero desde NGC1052-DF2 la recuperación de la Tierra es todavía un futuro muy lejano. Es posible que los posibles oteadores del Universo de ese planeta ni se planteen que la vida en la Tierra pueda recuperarse tras la destrucción del impacto. Quizás no puedan ni imaginarse que ahora, mientras ellos observan esa debacle, el planeta está siendo habitado por unos seres inteligentes.

En realidad, el cráter Chicxulub contribuyó al posterior desarrollo de la vida al eliminar gran parte de las especies entonces existentes. Otros autores han sugerido que todas las extinciones masivas de la historia terrestre han sido desencadenadas por asteroides. Aparte del que marcó el fin de los dinosaurios, de momento sólo se tienen pruebas de otra intervención extraterrestre en la del final del Devónico, hace entre 360 y 400 millones de años (Fig. 1). La contribución de los asteroides a la destrucción de la vida parecen evidentes, pero, ¿pudieron estar implicados en la creación de la vida?

extinciones dinosaurios
Fig. 1. Cambios de biodiversidad a lo largo de los períodos geológicas y sus extinciones. Observar la caída de diversidad a finales del Cratácico 65 millones atrás por la caída de un asteroide. Quizás a finales del Devónico otro asteroide provocó otra extinción en masa. Los números equivalen a millones de años.

 

Aunque hay quien sugiere un efecto de los asteroides en la modificación de la atmósfera que podrían haber creado las condiciones adecuadas para el origen de la vida, de momento hay pocas pruebas de ello. Pero sí es incuestionable su valor como fuente de gran parte de los recursos minerales que hoy en día explotamos los humanos. Ya en la Edad de Hierro, se utilizó el hierro meteorítico para fabricar herramientas, armas y objetos decorativos. Hoy, parte del oro, wolframio, níquel y otros valiosos elementos están a nuestra disposición gracias a esas antiguas lluvias de asteroides.

Estos descubrimientos podrían implicar que lo que existe en el sistema solar, lo que incide en la Tierra y lo que tiene lugar más allá, incluso a miles, o millones de años luz, podría estar conectado.

El registro de cráteres detectados muestra una regularidad temporales de los impactos. Cada 30 o 35 millones de años algún asteroide de dimensiones considerables impacta con nuestra superficie. En 1984, Alvarez y Muller propusieron que los períodos eran de 28,4 millones de años. En 1996, investigadores japonés identificaron el período en 31 millones de años, en 2004, Shin Yabushita, obtuvo un período de 37,5 millones de años. Otros no ven que exista un patrón determinado. El problema es complejo porque los cráteres identificados son pocos, y la posible regularidad podrían quedar enmascarada por cráteres de asteroides que impactasen de manera aleatoria.

A la periodicidad de los impactos, los geólogos Alfred Fischer y Michael Arthur,  le añadieron en 1977 la de los periodos de extinción y florecimiento de la vida. Estimaron que los registros fósiles de auge y declive de diversidad seguían una periodicidad de 32 millones de años. El valor de las extinciones se aproxima bastante al de la periodicidad de los asteroides, ¿o debería llamarlos cometas? Porque una periodicidad real sólo parece posible para los cometas, y, de éstos, sólo para aquellos que proceden de la nube de Oort en los límites de nuestro sistema solar.

Sistema solar
Fig. 2. El sistema solar, con el cinturón de Kuiper entre Neptuno y Plutón donde se originan muchos de los cometas de período corto. Más lejos la distancia a la que han llegado diferentes sondas, Voyager 1 (en rosa) es el que ha llegado más lejos y sigue dirigiéndose hacia la nube de Oor situada a más de un día luz del sol.

 

Hay autores, como la astrónoma Lisa Randall, que sugieren que la periodicidad tiene su origen en cometas originados en la nube de Oort, a un año luz de nuestro Sol. Es una nube esférica con posiblemente un billón de planetas menores helados, en la cual muchos astrónomos han identificado el origen de los cometas de período largo. Es hacia donde se dirige la sonda espacial Voyager 1 lanzada por la NASA en 1977 (Fig. 2). Va equipada con una memora un millón de veces más pequeña que la del teléfono móvil que llevas en tu bolsillo, pero sigue desde entonces su trayectoria hacia los límites del sistema solar. Estiman que alcance la nube de Oort dentro de 300 años, y no la cruzará del todo hasta 30.000 años más tarde. Así son las dimensiones de nuestro vecindario estelar, uno pequeño en la inmensidad del Universo, pero inmenso en la pequeñez de nuestro planeta.

Por si en ese viaje al espacio interestelar la sonda cae en manos alienígenas, introdujeron en ella un disco audiovisual de oro con saludos de Jimmy Carter (el presidente estadounidense entonces), y en otras lenguas, así como sonidos de ballenas y la canción de Chuck Berry, Johnny B. Goode. El Voyager 1 se desplaza a ritmo de go go | go Johnny go go | go Johnny go go |… hacia la lejana nube de Oort.

Está tan lejos del Sol, que sus objetos se encuentran enlazados por una energía gravitatoria muy débil. Igual que unos objetos en equilibrio sobre un fino borde caen a las más mínima perturbación, los objetos de la nube Oort son vulnerables a pequeñas perturbaciones gravitatorias. Cuando eso sucede, uno de sus cuerpos puede verse arrojada hacia la región interior del sistema solar, es decir, hacia la región por donde órbita la Tierra.

Se han propuesto distintos tipos de perturbaciones capaces de arrojar cometas hacia el Sol. Se ha hablado de nubes de gas molecular gigantes y de la influencia gravitatoria de la marea de la Vía Láctea. Lisa Randall sugiere que es la materia oscura, la materia del mundo invisible, la que está detrás de las perturbaciones.

Sea lo que sea, la simple existencia de una relación periódica entre las grandes extinciones de especies y elementos exteriores, evidencian lo conectados que están todos los sucesos del Universo por lejanos que nos parezcan. La sola posibilidad de explorar como las diferentes piezas de conocimiento (partículas elementales, la física del cosmos y la evolución de la vida) encajan las unas con las otras ya resulta fascinante. Supone que que aprendemos de nuestro pasado está conectado con la inmensidad del Universo, y no precisamente en el sentido new age, sino mediante los diferentes campos de la ciencia.

Quizás, los posibles habitantes de la galaxia NGC1052-DF2, estén haciendo observaciones directas de lo que es hoy nuestro pasado, viendo lo que causó la extinción de los dinosaurios. Sabiendo la trayectoria seguida por el elemento, se podría averiguar si fue un asteroide o un cometa. Puede que desde allí fuese hoy posible esclarecer el misterio. Claro está, que aunque nos pudiesen mandar sus observaciones tardarían otros 64 millones de años, yendo a la velocidad de la luz, en llegar a nosotros. Para entonces, si las predicciones de los científicos son correctas, otro cometa ya habrá impactado con nosotros.

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