Niños prodigio y Síndrome de Savant

¿Fue Mozart un savant?
Mozart tocando el piano de niño

En la película “Amadeus” (Milos Forman, 1984), un joven y descarado Mozart escandalizaba y sacaba de quicio al compositor Antonio Salieri, al mismo tiempo que despertaba su admiración y envidia gracias a sus prodigiosas  habilidades musicales. Mucho se ha escrito y especulado sobre el célebre músico y resulta difícil separar el mito de la realidad. ¿Poseía simplemente una fuerte y excéntrica personalidad,  o sus increíbles capacidades musicales tenían su origen en alguna anomalía neurológica? ¿Genio o savant? La diferencia radica en que el savant además de un talento extraordinario presenta también un déficit cognitivo.

El síndrome del sabio

El Síndrome de Savant, o síndrome del sabio, combina un funcionamiento cognitivo bajo con una o varias habilidades excepcionales, en claro contraste con la discapacidad que presentan. Si no hay déficit cognitivo, no puede considerarse savant.  Música, arte, matemáticas, cálculos de fechas o idiomas son algunas de las habilidades más frecuentes. Además, su talento siempre se acompaña de una memoria prodigiosa en el área destacada.

Darold A. Treffert, uno de los mayores expertos en el tema, ha analizado las características de más de 300 casos de Síndrome de Savant en todo el mundo. El savantismo puede ser de nacimiento o surgir en la edad adulta tras un daño cerebral. Puede aparecer tras un accidente, un ictus o asociado a alguna demencia. En el primer caso se habla de síndrome congénito y en el segundo, de síndrome adquirido. Según el estudio de Treffert, el 90% de los casos son congénitos. También existe una clara distribución por sexo: es cuatro veces más común en hombres que en mujeres.

Dentro de los casos congénitos, la mayoría están relacionados con el autismo. Uno de cada diez niños autistas se considera también savant. Es importante destacar que ni todos los savant son autistas, ni todos los autistas son savants.

Rain Man y Kim Peek

Un claro ejemplo de savant que nos presentó el cine fue “Rain man” (Barry Levinson, 1988). En la película Dustin Hoffman representaba el papel de un autista con una memoria extraordinaria. El film, que contó con Darold Treffert como asesor, se inspiró en el caso real de Kim Peek. Con menos de 2 años, Kim ya era capaz de memorizar cualquier libro que leía. A medida que fue envejeciendo se hacía cada vez más sabio. Llegó a dominar quince áreas de conocimiento distintas y leer (y memorizar) unos 12.000 libros. Sin embargo, era totalmente dependiente para realizar actividades sencillas como vestirse.

La explicación más aceptada hasta la fecha del Síndrome de Savant (tanto adquirido como congénito) es que se produce un daño en el hemisferio izquierdo y este se compensa con un aumento de las funciones del hemisferio derecho no dañadas. Se forman nuevos circuitos neuronales y se liberan funciones que en otras condiciones permanecerían “dormidas”. Kim Peek nació sin cuerpo calloso, que es la estructura que conecta los hemisferios cerebrales. Además también le faltaban algunas partes del cerebelo importantes para el control del movimiento y del aprendizaje de tareas rutinarias.

Influencia del embarazo

Un reciente artículo de la revista Nautilus explora la relación entre complicaciones en el embarazo y niños prodigio y savants. Muchas madres de estos niños tuvieron embarazos o partos problemáticos. Algunas sufrieron accidentes durante la gestación y/o tuvieron partos prematuros. Es importante destacar el gran número de casos de preeclampsia entre madres de niños prodigio. La preeclampsia es una complicación médica del embarazo que se caracteriza por un repentino aumento de la presión arterial. Se piensa que podría producirse por defectos genéticos que llevan al sistema inmune de la madre a considerar la placenta como un invasor. Además, mujeres con preeclampsia durante el embarazo tienen una probabilidad tres veces mayor de tener un niño autista.

Así, al igual que un daño cerebral en la edad adulta puede ser causa de savantismo, un daño en el embrión puede alterar su desarrollo y ocasionar el nacimiento de un savant. Aunque no hay que olvidar la importancia de la carga genética, Treffert apunta que el hecho de que todo individuo pueda transformarse en un savant, podría sugerir la presencia de un pequeño “Rain Man” dentro de cada uno de nosotros.

Paloma Goñi Oliver

 

 

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