Wifi y salud: ¿me enferma mi móvil?

La ciencia no ha podido encontrar mecanismos que hagan que las antenas de telefonía móvil y la conexión inalámbrica a internet afecten a la salud humana. Sin embargo, algunas voces culpan a estas tecnologías de problemas diversos, desde trastornos del sueño a tumores cerebrales.

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Fuente: Yahoo en Flickr

Las ondas que emiten nuestros móviles y la tecnología wifi son radiaciones electromagnéticas no ionizantes, como lo son las de radio y televisión. Que sean no ionizantes significa que no pueden arrancar electrones de nuestros átomos, por lo que se consideran no nocivas para la salud. Este esquema muestra cómo se distribuyen las ondas ionizantes y no ionizantes en el espectro radioeléctrico (el wifi se sitúa a la altura de los teléfonos móviles y los microondas):

Espectro Radioelectrico
Fuente: Instituto de Salud Pública, Ministerio de Salud, Gobierno de Chile

Así que son dañinos (por ionizantes) los rayos x y los rayos gamma, mientras que aparatos como la radio, la televisión, los móviles y los microondas se consideran inofensivos.

Detractores de las radiaciones electromagnéticas

Pese a ello, algunos colectivos y organismos afirman que las radiaciones electromagnéticas de baja frecuencia sí podrían afectarnos. En 2007, un grupo internacional de investigadores publicó un informe, el Bioinitiative Report (actualizado en 2012), que sostiene que la radiación electromagnética no ionizante podría tener efectos sobre los  genes y la expresión de proteínas, la función inmunitaria y el comportamiento neurológico, y tiene una relación causal con tumores cerebrales, leucemia infantil, Alzheimer, cáncer de pecho, problemas de fertilidad y autismo. Sus estudios se basan en la comparación del aumento de casos de estos trastornos con el incremento de la exposición a estas ondas en las últimas décadas.

Este informe llevó a la ONG Ecologistas en Acción a pedir en 2008 una moratoria en España para no implantar antenas wifi en colegios, edificios públicos, universidades y entornos de trabajo.

Además, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés), dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha clasificado los campos electromagnéticos de radiofrecuencia como agentes de tipo 2B, es decir, posibles carcinógenos.

Ausencia de estudios concluyentes

En el lado opuesto se sitúan los científicos que no han encontrado ningún mecanismo que mute el ADN por efecto de estas ondas. La propia OMS admitía en 2011 que, hasta esa fecha, ningún estudio había probado de forma indiscutible la existencia de una relación entre ondas electromagnéticas y alteraciones de la salud. En ese mismo enlace, la OMS explica por qué la IARC las ha incluido entre los carcinógenos de tipo 2B: porque en esa clasificación se agrupan los agentes cuya relación causal percibida con el cáncer no puede descartar “el azar, los sesgos o los factores de confusión”.

En este lado también se encuentran divulgadores que, a diferencia del alarmismo con que algunos medios abordan estas noticias, analizan todo lo que suele rodear estas informaciones, así como los números que los lectores recibimos sin contexto ni perspectiva. Dos ejemplos: Luis Alfonso Gámez en “Por qué no tengo miedo a que el móvil me provoque un cáncer” y Carlos Chordá en “Las matemáticas del alarmante anuncio de la OMS sobre los móviles”.

En laboratorio solo se ha observado que los tejidos del cuerpo humano se calientan cuando interactúan con energía radioeléctrica. Según la OMS, la mayor parte de la energía calorífica generada por los teléfonos móviles “es absorbida por la piel y otros tejidos superficiales, de modo que el aumento de temperatura en el cerebro o en otros órganos del cuerpo es insignificante” (fuente: OMS). Según este mismo artículo, tampoco ha podido probarse que los campos de radiofrecuencia en niveles bajos:

  • afecten a la actividad eléctrica cerebral, la función cognitiva, el sueño, el ritmo cardíaco ni la presión arterial;
  • incrementen el riesgo de glioma (un tipo de cáncer que puede originarse en el cerebro o en la médula espinal);
  • aumenten el riesgo de padecer cáncer a largo plazo;
  • causen los síntomas de la hipersensibilidad electromagnética (erupciones cutáneas, fatiga, trastornos del sueño o dolores musculares, entre otros).

Preocupación y sensacionalismo

Pero la idea ya está implantada en la sociedad: en 2013, cinco estudiantes danesas relacionaron sus trastornos de sueño y su baja concentración en clase con el hecho de dormir con el móvil cerca de la cama. El experimento que hicieron a continuación saltó a los medios internacionales: sometieron 12 bandejas con semillas de berros a idénticas condiciones ambientales. Seis de ellas estaban cerca de dos routers wifi y las otras seis en una habitación libre de radiaciones. Al cabo de 12 días, estas últimas estaban repletas de saludables plantas germinadas, mientras que las bandejas situadas junto a los dispositivos inalámbricos contenían semillas no germinadas, secas o mutadas.

Las estudiantes fueron lo más rigurosas que pudieron dadas las circunstancias, pero ¿tuvieron en  cuenta todas las variables? Algunas voces han sugerido que el calor emitido por los routers podría haber acelerado la evaporación del agua con la que las adolescentes regaron las semillas. O que el método seguido no evitaba el sesgo de las observadoras. Sin duda, habría que replicar el experimento en laboratorio. Además, faltaría por saber si una cosa (influencia en semillas) implica la otra (alteración del sueño de una persona).

Solo la acumulación de pruebas  en un sentido o en otro puede marcar las guías de actuación, y por ahora no las hay en contra. Así que, ante el tono apocalíptico de algunos medios, vale la pena tener en cuenta enfoques como el del programa “Escépticos” de EiTB:

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One comment

  1. Ueg Clinic

    Si se supieran los efectos adversos de las nuevas tecnologías sobre la salud, la gente se comportaría de otro modo, aunque nos gusten las cosas que sabemos que son perjudiciales para nosotros pero nos aportan demasiada felicidad y bienestar como para dejarlo.

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