Indonesia: Infierno verde

Miles de años arden en minutos. Indonesia, fiel a su cita anual, vuelve a ser testigo de como sus ancestrales bosques son reducidos a ceniza en un abrir y cerrar de ojos. Como ya viene siendo habitual en las épocas de verano y aprovechando la escasez de precipitaciones -acentuadas este año por el fenómeno del niño-, determinados grupos de personas, particulares y lobbies empresariales, provocan incendios descontrolados en las islas de Sumatra y de Borneo.

Este infierno erradica la flora y fauna originales para que así los interesados puedan continuar con su particular fiebre del oro.
Estamos hablando del negocio del aceite de palma, un producto cotizado en todo el mundo a niveles industriales.

https://www.flickr.com/photos/cifor/6347100164
Orangután macho, via Flickr

Dicho recurso vegetal es originario de África y América. La producción se basa en la extracción y procesado del aceite de los frutos de las palmas, que será utilizado después en productos cosméticos, culinarios e industriales.
La inmensa cantidad de nutrientes que se encuentran en los bosques tropicales, junto a las óptimas temperaturas y las abundantes horas de sol, hacen del terreno Indonesio un lugar propicio para el desarrollo de estas plantas.

La población ha visto en esta oportunidad un tren imposible de dejar escapar. Los terrenos se han revalorizado llegando a cifras mucho mayores a las que están acostumbrados, pero que se mantienen a años luz del beneficio que después obtendrán las empresas por ellos.

Muchos de los habitantes de estas gigantescas islas han decidido cambiar de modelo de subsistencia y dejar así la agricultura tradicional, donde cultivaban frutas y hortalizas tropicales de escaso valor comercial, para empezar con el flamante negocio del cual pueden obtener un alto rendimiento casi de inmediato.

Los propietarios de minifundios han provocado incendios en sus tierras para después malvenderlas a multinacionales aceiteras, incendios que debido a la frondosidad de la vegetación y al viento, son incontrolables en cuestión de minutos.
Lo peor del caso es que estas quemas ya se han extendido a terrenos de bosques protegidos.

El fuego que azota los bosques está acabando con toda forma de vida existente, provocando la destrucción de ecosistemas enteros e impidiendo la regeneración de estos.
Una de las especies más afectadas es el Orangután, que abandera la imagen mundial del conflicto. Centenares de individuos han muerto o están siendo desplazados a otras áreas, viéndose su hábitat reducido hasta niveles realmente alarmantes.
Como nuestros parientes, hay muchísimas otras especies animales y vegetales que corren el riesgo de desaparecer.

A esta guerra se le ha unido la ya clásica lucha contra la deforestación causada por la industria maderera, que acelera el efecto destructivo sobre los paisajes de Indonesia. En los últimos años ha surgido la idea, ya implementada con éxito en el mismo país, de la posibilidad de crear más áreas protegidas combinadas con áreas destinadas a la tala organizada, una solución que los expertos señalan como propicia para un país con tales condiciones socio-economicas.
Iniciativas de esta índole deben extenderse a la población, localizar los impactos sobre una zona delimitada y crear una actividad económica regulada.

Además del daño directo causado por las llamas, ha aparecido otro fenómeno que afecta de una manera menos agresiva pero más amplia y que incluso traspasa fronteras, es la niebla ocasionada por el humo y la ceniza provocados por el fuego. Estas nubes de partículas son consideradas tóxicas, pudiendo provocar enfermedades respiratorias, cardiovasculares, inducir al cáncer o provocar eczemas y alergias.

Las nubes, a parte de afectar directamente a las zonas de Indonesia de donde es originario el fuego, han alcanzado las vecinas Malasia y Singapur, llegando a alterar el funcionamiento normal de estos países.
Durante varias semanas se han declarado toques de queda, recomendando a la población mantenerse en lugares cerrados para evitar respirar el espeso y contaminado aire. En caso de salir al exterior se ha obligado a la población al uso de mascarillas e incluso se han llegado a cerrar escuelas y comercios.

Otro daño colateral de la niebla es la baja incidencia de rayos solares hacia la tierra, factor que provoca que los vegetales no sigan sus ciclos fotosintéticos con normalidad, reduciendo su producción hacia unos mínimos anormales y contribuyendo al empobrecimiento del sector que depende principalmente de la agricultura tradicional.

También la quema de los biomas,como toda combustión, conlleva una
emisión de dióxido de carbono
, que no sólo verá aumentada su concentración por este hecho, sino también por la ausencia de las estructuras vegetales incineradas, las cuales se encargan de captar CO2 durante el proceso fotosintético.

Curiosamente, los países que se han visto afectados por la niebla y que defienden la lucha contra estas prácticas en Indonesia, son los acusados de ser responsables de las mismas de una manera directa y mediante subcontratación de empresas. Hipocresía, falta de ética y ruindad emanan de sus gobiernos.

Las promesas del presidente Joko Widodo, que danza por las zonas afectadas lanzando mensajes vacíos para la esperanza, son sólo un falso alarde de buena voluntad que no acaba de plasmarse en soluciones materiales.
En un país que no deja de crecer y que busca incansablemente nuevas opciones de mercado, dentro de las ya limitadas condiciones originales, es muy difícil establecer un orden y control a modelos de crecimiento económico basados en el capitalismo más salvaje, que impulsa la llegada de nuevos ingresos con unas consecuencias devastadoras que no quieren ser reconocidas.
La corrupción política y los oligopolios creados por las grandes corporaciones, culpables en primer grado de la situación, mantienen posturas inamovibles delante de las presiones de organizaciones sin ánimo de lucro y activistas.
Este genocidio ambiental necesita intervención urgente de las principales potencias mundiales, y no basta con un apretón de manos y una sonrisa de cara a la galería. Los fantasmas de las cumbres del cambio climático observan muy de cerca.

 

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