Aire irrespirable: ¿qué diferencia la ‘boina’ madrileña del cielo de Pekín?

Durante las últimas semanas, y coincidiendo con la Cumbre del Clima en París, hemos sido testigos de los graves episodios de contaminación del aire en Pekín y otras ciudades chinas, llegando a alcanzar niveles nunca vistos que han puesto en alerta a las autoridades del país, que prohibían la circulación, cerraban fábricas y aconsejaban a los ciudadanos quedarse en casa. Con niveles de partículas en suspensión hasta 25 veces por encima de los límites que recomienda la OMS, el smog de la capital china dejaba imágenes que parecían de ciencia ficción e inundaban las redes sociales.

La plaza Tiananmen de Pekín el día 1 de diciembre. El País.

En Madrid, la conocida ‘boina’ hacía acto de presencia, los niveles de dióxido de nitrógeno (NO2) se elevaban a más de 200 microgramos por metro cúbico y el Ayuntamiento ponía en marcha el protocolo de actuación para estos casos, prohibiendo aparcar en el centro, aplicando restricciones de velocidad y recomendando a los madrileños no hacer ejercicio al aire libre. A simple vista, es obvio que la situación en cualquier ciudad china es muchísimo peor que en una ciudad como Madrid, de poco más de 3 millones de habitantes. Pero, visibilidad aparte, ¿qué diferenciaba esos días el cielo de Madrid del smog de Pekín?

El término smog, un anglicismo resultado de las palabras smoke (humo) y fog (niebla), empezó a utilizarse a principios del siglo XX en Inglaterra, para denominar una espesa niebla cargada de sustancias tóxicas, entonces hollín y azufre, consecuencia de la contaminación del aire provocada por la combustión del carbón. En los años 60 se identificaron dos tipos de contaminación del aire que podían provocar este smog:

La primera, típica del Londres de la época, que se solía producir en invierno, en condiciones húmedas y de baja insolación ante emisiones fuertes de dióxido de azufre (SO2) procedentes de la quema de combustibles fósiles (sobretodo carbón) para calentar los hogares, que daba lugar al fenómeno conocido como lluvia ácida.

La segunda, típica de Los Ángeles (y hoy en día de la mayoría de ciudades del mundo), y conocida como smog fotoquímico, se solía producir en condiciones de fuerte insolación, poco viento y por la presencia de óxidos de nitrógeno e hidrocarburos procedentes, sobretodo, de la intensidad del tráfico rodado. Esta mezcla daba lugar a la formación de ozono, el mismo gas que forma la famosa capa en la estratosfera, pero a una altura mucho menor, y que tenía un fuerte carácter irritante. La ‘boina’ madrileña se corresponde, pues, con éste último tipo de contaminación.

En las ciudades chinas, en cambio, la bruma de contaminación se caracteriza por concentraciones muy elevadas de dióxido de sulfuro y de dióxido de nitrógeno, procedentes de la combustión de carbón, sobretodo, para la calefacción doméstica en invierno, pero también de las centrales térmicas que producen electricidad. La intensa actividad industrial también constituye un foco de emisión importante de estos gases, además de otros compuestos de azufre y nitrógeno.

Pero una de las grandes diferencias del cielo de Pekín con el de Madrid es, sobretodo, la enorme cantidad en el primero de partículas en suspensión, especialmente las inferiores a 2,5 micras (PM2.5), formadas generalmente por aerosoles, partículas de combustión y metales pesados, que limitan la visibilidad y tienen efectos muy nocivos para la salud, deteriorando los sistemas respiratorio y cardiovascular, ya que pueden llegar hasta el torrente sanguíneo. De hecho, el contacto prolongado con estas partículas está relacionado con enfermedades como el cáncer de pulmón.

En cualquier caso, el problema en Madrid y en otras ciudades europeas no es menor: la contaminación del aire causa 430.000 muertes prematuras al año. Pero mientras en China la solución pasa, para empezar, por reducir la dependencia del carbón, en Madrid la creación de zonas de bajas emisiones o la restricción del tráfico son medidas que podrían ayudar a solucionar el problema.

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